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sábado, 5 de julio de 2025

¿Es necesario el examen de admisión en la universidad?

En el ambiente académico, el examen de admisión es como una gran puerta que muchos aspiran a cruzar para iniciar su vida universitaria. Las universidades, con sus imponentes edificios y aulas llenas de estudiantes, suelen establecer este filtro para seleccionar a quienes consideran preparados para enfrentar la exigencia de sus programas. Para algunos, esta prueba es una oportunidad de demostrar conocimientos y habilidades. Para otros, un obstáculo que retrasa o incluso impide alcanzar sus metas.

Achtungato había pasado semanas observando cómo jóvenes y adultos se preparaban con intensidad para este reto. Bibliotecas llenas, academias rebosantes de alumnos, cuadernos llenos de ejercicios y apuntes por todas partes. El ambiente se impregnaba de ansiedad, como si todo dependiera de esas pocas horas frente a un examen.

La lógica detrás de este requisito era clara: las universidades querían asegurarse de que los aspirantes tuvieran un nivel mínimo de preparación antes de iniciar los estudios superiores. Un estudiante que no comprendiera conceptos básicos de matemáticas, lenguaje o ciencias podría tener más dificultades para seguir el ritmo. Sin embargo, Achtungato veía que esta barrera, aunque útil en algunos casos, no siempre era justa.

Existen personas con habilidades excepcionales que no se miden fácilmente en un examen escrito. La capacidad de resolver problemas en la práctica, la creatividad, el pensamiento crítico o la persistencia frente a desafíos son cualidades que no siempre aparecen en una hoja de respuestas. Un mal día, los nervios o una pregunta mal interpretada podían dejar fuera a alguien con gran potencial.

Por otro lado, también entendía que eliminar completamente el examen podría traer problemas. Si cualquier persona pudiera ingresar sin evaluación previa, las aulas se llenarían sin control, y el nivel académico podría bajar. Además, las universidades tendrían que invertir más recursos en nivelar a estudiantes con distintos grados de preparación, algo que no todas están dispuestas o pueden costear.

En su análisis, Achtungato pensaba que el problema no era tanto la existencia del examen, sino la forma en que estaba diseñado. Muchos se basaban en memorizar datos, fórmulas y definiciones, más que en evaluar la capacidad de razonar o aprender. Esto provocaba que quienes tenían facilidad para estudiar de forma mecánica tuvieran ventaja, mientras que otros, más orientados a la comprensión práctica, quedaban en desventaja.

En las calles cercanas a las universidades, el negocio de las academias preuniversitarias florecía. Grupos de estudiantes salían con mochilas llenas de libros y rostros cansados después de horas de preparación. La presión era tal que algunos se inscribían en estas academias durante todo un año antes del examen, invirtiendo tiempo y dinero con la esperanza de obtener un puntaje alto.

Achtungato veía en esto un doble filo: por un lado, la preparación fortalecía conocimientos; por otro, creaba un sistema donde los que tenían más recursos podían acceder a mejores oportunidades de estudio. Así, el examen de admisión se convertía no solo en una prueba de conocimientos, sino en una competencia desigual condicionada por factores externos.

En su opinión, un sistema más equilibrado podría incluir una combinación de criterios: un examen que evaluara comprensión y razonamiento, junto con una revisión del historial académico del postulante y, quizá, una entrevista personal. De esa manera, no todo dependería de un solo día de evaluación.

Había escuchado historias de estudiantes brillantes que, por nervios, fallaron en su primer intento y quedaron fuera, mientras que otros, con un rendimiento más regular, lograron pasar gracias a su habilidad para memorizar y responder bajo presión. Para él, eso era una muestra de que el sistema actual no siempre identificaba de manera precisa el verdadero potencial de cada persona.

Por supuesto, existían casos en los que el examen servía como un filtro eficaz. Ayudaba a seleccionar a quienes realmente estaban listos para enfrentar la carga académica, evitando que ingresaran sin la preparación suficiente. Pero el problema era cuando esa misma herramienta, útil para algunos, se convertía en una barrera injusta para otros.

En las conversaciones sobre este tema, algunos defendían el examen como una tradición necesaria, una forma de mantener el prestigio y la calidad de las universidades. Otros lo veían como un obstáculo obsoleto que debía reemplazarse por métodos de evaluación más modernos y justos. Achtungato, por su parte, no se quedaba en extremos: consideraba que debía existir un filtro, pero que era urgente reformar la manera de aplicarlo.

Al final, el verdadero objetivo de la educación superior era formar profesionales competentes y ciudadanos capaces de aportar a la sociedad. Si el examen de admisión se diseñaba de forma que realmente midiera habilidades esenciales, podría cumplir su propósito sin excluir injustamente a quienes no encajaran en un molde específico.

Mientras tanto, las universidades seguían aplicando sus pruebas año tras año, y miles de aspirantes continuaban preparándose, soñando con ver su nombre en la lista de ingresantes. Para algunos, el examen sería la puerta que abriría un nuevo capítulo en su vida; para otros, un muro que tendrían que intentar escalar otra vez.

Achtungato, siempre observador, sabía que cada historia detrás de esos aspirantes era única. Algunos estudiaban hasta altas horas de la noche, otros trabajaban para pagar sus materiales, y no faltaban quienes, a pesar de todo el esfuerzo, no lograban el resultado esperado. Por eso, insistía en que cualquier sistema de admisión debía ser más humano, más consciente de la diversidad de talentos y circunstancias.

En resumen, consideraba que el examen de admisión en la universidad era necesario, pero no en su forma más rígida y memorística. Reformar su diseño para que evaluara razonamiento, comprensión y aptitudes reales sería la clave para que cumpliera su función de manera justa. Solo así, la puerta a la educación superior estaría abierta para quienes verdaderamente tuvieran el potencial, sin importar si este se demostraba en una hoja de respuestas o en la forma de enfrentar los desafíos de la vida.


¿Universidad o instituto superior?

Achtungato siempre había tenido un gran interés por aprender cosas nuevas. Desde pequeño, en sus días de escuela, soñaba con llegar a estudiar una carrera que le permitiera no solo ganar buen dinero, sino también sentirse orgulloso de su trabajo. Sin embargo, al terminar la secundaria felina, se encontró frente a una decisión que muchos enfrentan: ¿estudiar en una universidad o en un instituto?

Él sabía que la universidad era vista por muchos como el camino “tradicional” hacia el éxito. Carreras largas, títulos profesionales, investigación profunda, profesores con amplia experiencia y la posibilidad de especializarse en temas muy específicos. Sonaba bien, pero también implicaba tiempo y dinero. La universidad demandaba entre cinco y seis años de estudio, sin contar prácticas, proyectos finales y, en algunos casos, tesis. Achtungato entendía que, durante todo ese tiempo, no podría generar ingresos significativos si se dedicaba solo a estudiar.

Por otro lado, el instituto ofrecía carreras técnicas más cortas, usualmente de dos a tres años, enfocadas en lo práctico. Allí no se profundizaba tanto en la teoría, pero se aprendía a hacer las cosas de forma directa. Además, con un título técnico, uno podía ingresar al mercado laboral rápidamente y ganar experiencia real. Achtungato sabía que eso era tentador, porque le permitiría trabajar, ahorrar e incluso ayudar a su familia antes que si fuera por la vía universitaria.

Después de pensarlo mucho, ideó un plan que combinaba lo mejor de ambos mundos. Primero estudiaría en un instituto, para conseguir un título técnico y empezar a trabajar. Luego, con ese conocimiento y experiencia, podría convalidar materias en la universidad y completar una carrera profesional más adelante, sin empezar desde cero.

Así lo hizo. Entró a un instituto especializado en administración y gestión de negocios, un campo que siempre le había interesado. Las clases eran dinámicas, los grupos pequeños y los profesores enseñaban con ejemplos reales. No había tanta teoría complicada, sino tareas y ejercicios que se parecían mucho a lo que uno haría en un trabajo real. En dos años, ya tenía su diploma técnico y, mejor aún, había aprendido a desenvolverse en el mundo laboral.

Gracias a ese título, consiguió un empleo que le permitió empezar a generar ingresos. No era un trabajo soñado, pero sí le daba independencia económica y la satisfacción de aplicar lo que había aprendido. Además, pudo ayudar a su familia y ahorrar para el siguiente paso: la universidad.

Cuando se sintió listo, inició el proceso de convalidación de cursos. No fue rápido ni sencillo. Tuvo que reunir certificados, programas de estudio y demostrar que había aprobado materias equivalentes a las de la universidad. Algunas fueron aceptadas y otras no, pero igual logró reducir el tiempo total que tendría que pasar en la universidad.

Ya dentro de la universidad, notó las diferencias. Las clases eran más largas y profundas, los trabajos más exigentes y la competencia académica más alta. A veces, los temas eran puramente teóricos y parecían lejanos a la práctica, pero Achtungato se daba cuenta de que esa base teórica le ayudaba a entender mejor el porqué de las cosas que ya hacía en su trabajo.

Su ventaja era clara: mientras muchos de sus compañeros nunca habían trabajado en el área que estudiaban, él ya tenía experiencia laboral y sabía cómo se aplicaban ciertos conceptos en la vida real. Esto le daba seguridad y le permitía destacar en las evaluaciones y proyectos. Incluso podía explicar a sus compañeros ejemplos prácticos que los ayudaban a comprender mejor algunos temas.

Además, podía seguir trabajando mientras estudiaba en la universidad, lo que le permitía pagar sus estudios sin endeudarse. Esa era otra gran diferencia entre haber elegido solo la universidad desde el inicio o seguir su plan de instituto primero.

Con el tiempo, Achtungato fue reflexionando sobre las ventajas y desventajas de cada opción. El instituto, en su experiencia, era ideal para quienes querían ingresar rápido al mercado laboral, aprender habilidades prácticas y no perder demasiado tiempo antes de empezar a ganar dinero. Sin embargo, sus títulos tenían un límite: en muchas empresas, para aspirar a cargos más altos o especializados, se exigía un título universitario.

La universidad, en cambio, era más lenta para dar resultados inmediatos, pero ofrecía más reconocimiento, profundidad académica y mejores posibilidades de ascenso a largo plazo. También abría puertas para trabajos en investigación, docencia o sectores donde el título profesional es obligatorio.

Por eso, para Achtungato, la mejor decisión había sido combinar ambas. Si hubiese ido directo a la universidad, habría tardado muchos años en empezar a trabajar en su área. Si se hubiera quedado solo con el instituto, habría limitado sus opciones de crecimiento a futuro. Pero al hacer primero lo técnico y luego lo universitario, pudo ganar experiencia, independencia y un título profesional, todo en un tiempo más eficiente.

Su historia se convirtió en un consejo recurrente para los jóvenes felinos que le preguntaban qué camino tomar. Él siempre respondía lo mismo:
—No existe una única respuesta correcta. Todo depende de tu situación, tus metas y tus recursos. Si tienes claro lo que quieres hacer, busca el camino que te lleve ahí de la manera más inteligente posible.

Achtungato sabía que en la vida laboral real, tanto las habilidades prácticas como la formación académica eran importantes. La teoría sin práctica se quedaba corta, y la práctica sin teoría podía limitarte. Por eso, animaba a no ver el instituto como un “plan B” ni la universidad como el único camino. Ambos eran herramientas, y uno debía aprender a usarlas a su favor.

Al final, cuando obtuvo su título universitario, sintió una satisfacción doble. No solo había logrado el objetivo académico, sino que lo había hecho sin sacrificar su desarrollo profesional ni su estabilidad económica. Ese equilibrio era, para él, el verdadero éxito.

Y así, Achtungato demostró que no hay que pensar en “universidad o instituto” como una guerra entre opciones, sino como dos caminos que, si se combinan con estrategia, pueden llevarte más lejos de lo que imaginas.